Essay

To a neighbour I am getting to know
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CARTA EN SEIS ESTACIONES

A UN VECINO QUE EMPIEZO A CONOCER

Estimado poeta Gregory O'Brien,

Voy a contarte una historia de agua, una historia de olas, unas olas de piel que se desplaza y regresa, una historia que aun desconociéndola sé que sabes, sé que escuchas; sé que la palpas desde un día a la noche que vuelve, salpicada de sal y de espuma, en ese universo de ojos que se nos abren como un día que no deja de venir a nuestra orilla.

1

Sabrás que hace quinientos años exactos, Vasco Núñez de Balboa descubría para los europeos el Mar del Sur, aquel que luego Hernando de Magallanes llamaría Océano Pacífico, al estimar su inmensidad y al disfrutar la calma de sus aguas, en la navegación que retomara desde el extremo sur de América hacia el Occidente. Eran tiempos en que todavía el conocer era cuestión de ponerse en marcha, decidirse a hacer un camino; tocar, oler, escuchar, gustar, contemplar. Todavía el mundo parecía hablar a quien quisiera detenerse a oírlo, en que el detenerse no era necesariamente parar o paralizarse, sino hacer silencio, callarse uno mismo, para dejar que eso otro fuese, efectivamente, eso otro.

Es verdad que muchos de aquellos navegantes no eran precisamente contempladores: aventureros y comerciantes, perdedores y soñadores, querían intervenir, manipular, negociar, apropiarse del mundo. Aquellas gentes se lanzaron a sus expediciones provistas no sólo de los pertrechos de la época –y muchas veces con menos recursos de los disponibles en la época– y de tripulaciones pocas veces capacitadas para tamañas empresas, sino también de toda la carga cultural de la que eran exponentes con más o menos consciencia. Una cultura, la europea de fines del Medioevo, de comienzos de la Modernidad, que iba comprendiendo el mundo, poco a poco, más como un horizonte siempre inconcluso y por tanto abierto, pronto para la acción, incitante a la iniciativa humana.

Pero, al mismo tiempo, para aquellos navegantes el horizonte fue subrayado muchas veces por las olas del Pacífico, una línea demasiado ancha quizá, vivificada por un lenguaje acaso intrincado, muy móvil y movedizo hasta el extravío; era el Gran Océano que emitía, incontables veces, incontables sílabas de un silabeo, palabras despedazadas pero audibles, voces de lo ignoto pero presentido. Y ésas fueron las voces, entrecortadas, adivinables, volúmenes demasiado altos como para soslayarlos, que aquellos hombres no tenían más remedio que oír; acostumbrados a las navegaciones de meses y años, se acostumbraron no sólo a planificar e improvisar, a soñar y defraudarse, a ofrecer y embaucar, sino también a descifrar: a comprender vientos y temperaturas, a leer la superficie líquida en claro y oscuro, a convivir con eso otro.

2

¿Sabes? Es muy poco cuanto yo mismo sé del Mar de medio milenio. Casi hablaría de una laguna de información, una laguna de desinformación, si la imagen no fuese tan obviamente análoga; de usarla, tendría incluso que zambullirme en el malabarismo de precisar cómo eso de laguna quiere describir una vastedad oceánica. Cruzar el charco, decimos incansablemente para decir que cruzamos el Atlántico. Porque estos quinientos años han pasado, incansablemente, mirándonos los americanos con los europeos por los miradores del Océano Atlántico. De las dos orillas. Aunque hay que precisar: de las tres orillas. No tanto Europa y América, como en realidad Europa y sobre todo Norteamérica y Latinoamérica. Tres orillas del Mar Atlántico, cuyos cruces de tan frecuentes se han vuelto estrechos, y han estrechado, para bien y para mal, las márgenes atlánticas con la estrechez del abrazo y la estrechez del yugo. Norteamericanos y europeos han sido, para nosotros, los latinos, los del Sur, eso otro que nos convoca en diferentes intensidades, ánimos y quehaceres.

Me gustaría decir que se trata en verdad de cuatro orillas, para sumar así a África y comenzar retrotrayendo la mirada, por lo menos, a las pioneras empresas de descubrimiento de Enrique el Navegante, pero eso sería anteponer una ilusión, la de ver en África un destino cotidiano, fluido, significativo, para la vida latinoamericana actual. Y no es así. Al menos los americanos del vasto Sur, nos hemos pasado quinientos años mirando hacia el Noreste y al menos doscientos mirando al Norte; eso, cuando miramos afuera. De modo que en el contexto estrecho del Atlántico, del Atlántico como si fuese un estrecho, África sigue siendo eso otro para americanos y europeos.

Pero me desvío, Gregor.

Lo que quiero decirte es que la red tejida sobre este océano definió el Atlántico como el nuevo Mare Nostrum de Occidente. De tal suerte, cuando los americanos de la franja Oeste nos asomamos al Pacífico, podemos adivinar pueblos, podemos saber de naciones, podemos participar del tráfico naviero y aéreo, podemos incluso, como los chilenos, visitar nuestras propias provincias administrativas del pleno océano –Isla de Pascua, Juan Fernández y otras– con total consciencia de pisar tierra, pero esa consciencia rara vez es impresión o sensación; no lo vemos directamente, aquello no es una evidencia inmediata, porque no es la tierra firme lo que impone su firmeza, sino el mar, las aguas de sal, la duración del oleaje y sólo el mar. La imponente realidad del agua hace que la presencia terrestre sea una excepción a la regla de olas. Lo que quiero decir ahora es que el Océano Pacífico es, en su grandiosa medida, eso otro para nosotros, los americanos.

3

Te dije que es poco cuanto sé de este Mar y no es verdad, Greg. Se me pierde en la memoria –que eso es la memoria a veces: un baúl sin fondo donde extraviamos todo lo que queremos preservar– el momento en que vi el mar por primera vez. Ese mar fue el Pacífico; de eso no hay duda. Nací en Santiago, la capital chilena, una ciudad emplazada en la zona central del país, en un valle cercado por la gran Cordillera de los Andes, al Este, y por la más baja Cordillera de la Costa, al Oeste. Los santiaguinos nos acostumbramos a vivir rodeados de cumbres, más altas, más bajas, en un uso que buscamos variar, por ejemplo, con el clásico paseo a la playa. Ir a la playa, desde Santiago, significa ir al Litoral Central, línea costera que va desde Santo Domingo, por el Sur, hasta Mirasol, por el Norte.

Vi el mar, por primera vez, probablemente en un paseo a la playa con mis padres, en auto. No recupero esa escena primera, pero sí logro ver de nuevo la fase final del camino invariable. Después de haber dejado atrás el Valle Central, después de haber sorteado las cadenas de mediana altura de la Cordillera de la Costa y sus amenos y pequeños valles, la aparición del mar era inminente, y se producía siempre azul, siempre palpitante; él, siempre extraño, siempre sobrecogedor. Habiendo transpuesto los cerros de la cosa y, para mí, que iba en el asiento trasero, asomándome de entre las cabezas de mis papás, el Océano subía como en una copa, y parecía que iba a llenar el vidrio del parabrisas delantero, aun distante, sereno, inexorable. Aparentemente cansados de tanta tierra, habituados con desdén al recorrido por rústicos cerros, el Mar era entonces la visión que venía a saciarnos la sed de los ojos, era el destino a punto de cumplirse, eso otro vertiginoso que procuráramos.

San Antonio era una entrada frecuente al litoral, pero que me defraudaba por el sempiterno hedor y los andrajos del puerto. La ruta por el Valle de Casablanca, otro camino que se hizo frecuente, me gustó más: era más verde, tenía más extensión a la vista. Por ahí llegábamos a Algarrobo, una bella aldea donde hace pocos meses se instaló el primer semáforo. El mar se ve aparecer de entre el camino flanqueado de eucaliptos, cuyo aroma se anticipa a recibirnos.

Nuestra estadía variaba entre unas cuantas horas y un par de semanas, y el mar era visto desde una de las colinas, compañero de azul cantor, de gris silencioso, de oscuro rumoroso. Estar en la playa misma, bañarse en el mar, fueron siempre momentos de un cierto temor reverencial: primero, porque hasta ahora no aprendí a nadar, y, segundo, porque empezaba a gravitar en mí la noción de inmensidad recogida en la narración familiar, en el colegio, en mi afición por los mapas, y eso me sobrecogía y me sobrecoge. Es cierto que el contemplar la extensión de un desierto, de las cadenas montañosas, de la espesura vegetal, de bloques de hielo, sobrecogen de modo semejante; la diferencia que impone el mar está en su movilidad perpetua, en su estable inestabilidad, en su ir-y-venir que hace adivinar pesadillas. El mar sigue siendo, cómo no, eso otro que me desborda, empezando por estas pobres entendederas.

4

Robert Louis Stevenson y Daniel Defoe fueron los primeros autores del mar que leí, a los doce años de edad. Autores con mar que recuerdo. Y que recuerdo ahora porque me sacaron de la playa; me llevaron a navegar, a explorar, a convivir con otros tripulantes y pasajeros. La isla del tesoro y Robinson Crusoe se grabaron en mi espíritu, seguramente, nada más que por la hazaña de embarcarme y darme a probar el naufragio... Me acuerdo, de repente, de "El chilote marino", una canción del folclor chileno que oí desde el Kindergarten, pero donde el mar es un decorado para el protagonista, un pescador y lobero de Chiloé; es un valsecito que está muy bien, sólo que no entra en el mar. Tras Stevenson y Defoe, vendrían Jules Verne y Francisco Coloane, eminentes; después, cierto vitalismo de Herman Melville y Ernest Hemingway; el lirismo de S. T. Coleridge, de Rafael Alberti, del "Monumento al mar" de Vicente Huidobro, de "Se canta al mar" de Nicanor Parra, de algunas doloridas olas de Raúl Zurita; y, más recientemente, las vicisitudes registradas por Jorge Amado y Joseph Conrad. Pero "El Gran Océano", del Canto general de Pablo Neruda, sigue siendo, para mí, la mejor entrada en las aguas del Pacífico, porque no habla del mar: lo traduce, lo hace lenguaje. Bien, ante la terrestre literatura del campo y la ciudad, estas gentes y sus voces conforman el trazo, el surco marino de eso otro. Son mi pequeña gran compañía naviera, Greg, que evalúa sin prisa la admisión de nuevos miembros, tras haber aceptado recién al poeta O'Brien.

5

(Ahora me acuerdo de Rotación, mi libro de poemas. Poemas llenos de agua o, mejor, recipientes que no pueden recibir más, porque, sobrepasados, son ellos mismos parte de esa agua mayor que los traspasa y se los lleva. Mientras los escribía, durante una larga década o más, digo, mientras me empeñaba en capturar el tiempo de cada poema, el tempo, no para apresarlo, sin dudas, sino para sumarme a él, vi que era conveniente, si alguien se animaba a escucharlos, precaverse de toallas, paraguas, trajes de baño, capas de agua y, por qué no, jabón y champú. Por qué no: el agua muchas veces se ofrece al placer del nadador y muchas veces lava. Pero mientras seguía escribiéndolos, con las manos dedicadas a muchas otras cosas, vi que el rito de purificación se cumpliría mejor si las precauciones de lectores y oyentes consistiesen en abandonar esas precauciones y, más aun, en abandonar la precaución de toda vestimenta. Que se desnuden, pensé. Por cierto, tenía que hacerse necesario por sí solo, con delicada fuerza.

Y me vi queriendo que de tal modo los otros capturasen el tempo y se sumasen a él, cuando todavía no lo capturaba ni menos me sumaba yo mismo. La instrucción que no iba a dar a persona alguna se me redirigió de frente. Ahora bien, como en castellano no existe la primera persona del singular en el modo imperativo de las conjugaciones verbales, tuve que desdoblarme para oírla, en un ejercicio que por automático se hizo invisible en mi lengua. Así pues, me desdoblé para escuchar una sola perentoria instrucción: desnúdate. Tú. ¿Quién recibía la instrucción? Yo, claro. ¿Quién la daba? Yo, supongo. O más bien eso otro que toqué anidado en mí. Desnúdate, ahora. El punto es que pensaba en aguas, pero dulces, y el asunto es que el rito sería cabal, desborde en acto, sólo si dejaba entrar el mar, tenía que ser sólo el mar, el océano…

Cada vez que en Rotación se dice "mar", "ola", "marea", nunca se dice "Pacífico" ni el nombre de ciudad alguna, pero para un habitante de Chile es imposible decir todo eso sin ver el Océano Pacífico. De hecho recuerdo cristalinamente que el poema "Sueño del regreso" nació a la orilla del Pacífico. Desde luego: me vi tan incorporado, tan miembro de ese cuerpo, era tal el sueño, que el nombre propio dado a esas aguas no importaba nada, caía en el feliz olvido. En el poema no importan nombre ni apellido, porque nunca son nombres propios, porque el nombre propio es eso otro que anda buscando voz.)

6

Y ahora escribo una carta que busca responder a alguien que me encontró en este confín desde el otro confín, y que me habló en otra lengua, desde ese otro inglés, el neozelandés, a mí, habitante del español, pero de otro español, el chileno. ¿Te das cuenta, Greg? Es la palabra quien nos ha puesto frente a frente, por encima del Pacífico, a través del Pacífico, a propósito del Pacífico, esa agua octagonal que en tus poemas has sabido cantar, medir y contar. ¿Lo ves? A nosotros dos, lejanos hijos de aquella Irlanda lejana, esa tierra tierna que quizá brilla hoy, espuma inquieta, pradera húmeda, en nuestros rostros que miran el mar; a nosotros, que vivimos en el ejercicio de ritmos y resonancias, de una escucha oceánica; nosotros, que hoy estrechamos el planeta con un abrazo de vecinos, de vecinos por el simple hecho de ser seres humanos.

Escuché mi nombre, Greg, con la fuerza de la palabra y con su misma debilidad me empeño aquí en responder, y me pregunto si acaso hacemos en la vida otra cosa que responder, de intentar incluso corresponder a eso otro que lleva la iniciativa, que nos indaga, que nos cerca, que nos sitia, para mirarnos, para esperarnos, para abrazarnos finalmente, siempre mendigos de eso otro.

Te hablo y te saludo, amigo, desde mi orilla, y toda esta carta es mi orilla.

Roberto Onell H.
Santiago, Chile; octubre de 2013

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